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Este es mi tributo al tiempo.

Un día más que toda la tierra seguía su curso, girando alrededor del sol, en la danza planetaria: mi sábado siete de agosto, en mi perspectiva, un día completamente fuera de lo normal.

Durante la noche no pude dormir por una taquicardia muy fuerte, que se elevaba y se elevaba, sin motivo aparente; el malestar era tal que debía permanecer con la espalda erguida para poder respirar.

Como es normal durante la pandemia, el pensamiento obvio era suponer que había contraído el virus propio de esta era: el SARS Cov2.

En otras oportunidades he tenido la franqueza de contarles con todo detalle lo que aconteció ese y otros días, hoy, a setenta y siete días de lo ocurrido, quiero hablarles de una nueva esperanza en mi vida: el tiempo.

El tiempo tiene muchas caras, dones, virtudes y similitudes con otros grandes dioses. Es determinante, se paraliza, se acelera y pasa de todos nosotros. Dicen que trae grandes sorpresas, inicios, finales y de todo un poco.

Yo quiero hablar hoy del tiempo, como el instrumento mediante el cual sanamos.

El tiempo de despertarse en la mañana, estirar las piernas, caminar al patio y mirar fijamente el amanecer hasta que nos  sentimos listos para tomar una taza de café, o de té.

El tiempo de buscar entre tus contactos a qué amigas o amigos no les has llamado recientemente, marcar, y hacerles saber que sus vidas te importan, que te interesa su amistad, y que además estás abierto a dar o recibir consejos e información sobre la vida.

También es el tiempo, el que nos trae otros preciosos frutos de la vida, y a veces, cuando combinamos correctamente el tiempo con la energía de la disposición, podemos obtener el grandioso fruto de la madurez, de la paciencia, de la calma y la comodidad.

Por último es importante decidir cuánto tiempo. Esto es especialmente importante porque tú puedes decidir si conservarás las energías y por cuanto tiempo. Si le darás una hora al enojo, y quince horas a la alegría; si le concederás diez años a la pena y a la amargura, o le darás esos años a la esperanza, a la bondad, a la creatividad.

Elegir, con tiempo, transmutar la tristeza en felicidad, requiere además de claridad; la claridad a veces la trae el tiempo, y con paciencia se asienta en nuestras vidas para tener el tiempo de claridad y así transformar nuestra visión de la vida, desde adentro, y hacia afuera.

Este es mi mensaje sobre el tiempo, qué haces con tu tiempo determina quién eres y marca tu destino.

Diego Emilio Leyva Peralta, Abogado.

Colaborador distinguido

Leyvaconsultoria@gmail.com

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